By Margarita Rìos- Farjat, Monterrey, Mexico (Published in Issue 6)
Añoranzas
Un desierto
que hoy se sigue llamando Tacubaya.
Nada quedó.
José Emilio Pacheco
Dice José Emilio
que de Tacubaya nada quedó.
Octavio Paz añoró siempre el Mixcoac que se le fue.
Mixcoac me recibió
como la rama del roble al pájaro que cae del nido
y no sabe dónde está. Y Tacubaya
era su nombre de palo de lluvia girando en el tiempo
vía de paso de espíritus de agua peregrinos bajo el cielo. Y como ellos
y como tantos
también yo fui un espíritu de agua cruzando Tacubaya
un pequeño río brotando de Mixcoac y cascada en Chapultepec cada domingo,
y un espíritu de bosque palpando las cortezas de la infancia,
madera adolescente de Insurgentes al Zócalo, y de Los Juárez a San Borja.
También yo tracé con largas ramas
el camino de la escuela, del parque hundido y de mi casa,
y de temibles consultorios y abigarradas misceláneas
y del cine y las amigas iluminando las cafeterías,
y las librerías interminables de Donceles donde me hablaban tantas voces que nunca se callaron.
Y con otros niños tejí la enredadera de mi infancia por más de una década
y en menos de un instante,
y se me trazaron en opresivas venas las calles, las aceras
y las huellas de patines entre estacionamientos, entre paréntesis,
entre las etapas de la vida,
en la sala de espera interminable de los veinte años –que no llegaban nunca–
y entre largas cuadras de paciencia para llegar a cualquier lado
el cotidiano sentido de la trayectoria sobre la gran ciudad, sobre la vida
y sobre la balanza del tiempo y sus horas de plomo.
También hundí raíces debajo de edificios
porque la tierra de Mixcoac es tierra buena
y húmeda y no es agreste
y colgué altas hojas y colgué mis sueños
entre azoteas anaranjadas y serenos monumentos
en las ventanas abiertas de la gran ciudad
grande para no ser nadie para ser sólo uno mismo y ser de aire
y volar en polución de nubes o a los volcanes si alcanza la vista
o encarnarse como encino en el Ajusco, donde el agua brota,
donde el agua cae, un espíritu de agua rondando el gran Distrito.
¿Y dónde están ahora esas hojas y esos sueños?
No, no es que no quede nada
es que las mudanzas de la vida son pesadas
se rompen uñas y raíces por no irse y queda el alma como planta mutilada.
No hubo tiempo para descolgar los verdes sueños y las altas hojas, tuve que inventarme otras
con la raíz a medias y en la tierra agreste, sin uñas ni defensa propia.
Allá quedó una parte de mis pies y una parte de mis ojos,
allá quedó el nido de altas hojas y resecos sueños
y quién sabe si hoy regreso lo que encuentre.
Y no es que añore Mixcoac ni calle alguna, ni la luz de un sol determinado
sino todo el escenario como era
y a mis amigos niños, sin todo ese futuro del que se llenaron
y del que yo ya no fui parte.
Dicen que hace tanto no quedaba nada y para mí estaba todo
dicen que ahí sigue y no lo encuentro en parte alguna.
Los poetas se añoran a sí mismos, cada día se van perdiendo,
dejan todo, se reinventan, se vacían,
se detienen frente al tiempo a reclamar su paso,
se detienen en el tiempo y se reclaman a sí mismos,
nada les pertenece y todo es suyo, se cruzan de brazos, se extienden.
Son libres y se dan la vuelta.
Los poetas se añoran a sí mismos, eso es todo.
Quede o no quede ya nada.
--
Yearnings
"A desert
that is still called Tacubaya.
Nothing remains."
José Emilio Pacheco
It is said by José Emilio
that in Tacubaya nothing remained.
Octavio Paz always longed for the Mixcoac that he left,
Mixcoac received me-
as the branch of the oak to the bird that falls from the nest
and knows not where it is. And Tacubaya
was his rain wood name turning in time,
slip road of water spirits under the sky. And like them,
like many others,
I was also a water spirit crossing Tacubaya
a small river rising from Mixcoac, and cascade in Chapultepec every Sunday,
and a forest’s spirit feeling for the crusts of the childhood,
adolescent wood from Insurgentes to the Zócalo, and from Los Juárez to San Borja
I also traced with long branches
the path of my school, of the Parque Hundido and my house,
and of frightful surgeries motley corner shops,
and of the cinema and the friends illuminating the cafés,
and the interminable bookshops of Donceles where so many voices called me and never shut up,
and with other children I wove the ivy of my childhood for over a decade,
and in less than an moment,
and as oppressive veins they were drawn up to me the streets and the sidewalks
and the tracks of skates between parking lots, between parenthesis,
between the stages of life,
in the endless waiting room of the twenties—that never seemed to arrive—
and between long blocks of patience to arrive at any point
the daily sense of trajectory over the great city, over life,
and over the scale of time and its hours of lead.
I also sank roots beneath the buildings,
because the soil of Mixcoac is a good soil,
and is moisty, and is not rough.
And I hung high leaves, and I hung my dreams
among orange rooftops and calm monuments,
in the open windows of the great city,
great not to become anyone, but to be oneself and be of air,
and fly in pollution of clouds or to the volcanoes if the eyes allow,
or incarnate as an oak in the forest of Ajusco, where the water rises,
where the water falls, a water spirit surrounding the great District.
And where are now those leaves and those dreams?
No, it is not that nothing remains
it is just that the moves of life are heavy,
nails and roots are broken struggling to stay, and all is left is the soul converted in a mutilated plant.
There was no time to unhook the green dreams and the high leaves, I had to invent others, half rooted and in the roughest of soils, with no nails nor self defence.
there it remains a part of my feet and a part of my eyes,
there it lies the high nest of leaves and parched dreams
and who knows what I would find should I return today.
And it’s not that I long for Mixcoac or any of its streets, nor do I long for the light of a certain sun
but of all the scenery as it was,
and my children friends, without all of that future that filled them,
all that future that I didn’t take part in.
It is said that a long time ago there was nothing left, and for me there was all,
it is said it’s still there though I cannot find it anywhere.
The poets long for themselves, every day, are getting lost,
leaving it all, they’re reinvented, they’re emptied,
they’re standing still facing time to claim the time passing by,
nothing belongs to them yet everything they own, they cross their arms, while remaining wide open
They are free and they turn back.
The poets long for themselves and that’s it
Whether something or anything remains at all.
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English translation by Jack Little
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Margarita Ríos-Farjat (Monterrey, Nuevo Leon, Mexico). Attorney at Law with a master’s degree on Tax Law, admitted in Mexico in 1996. Fellow at the Nuevo Leon Writer’s Centre (1997-1998). Winner of the following contests: Literatura Universitaria [University’s Literature] (1993), Poesia Joven de Monterrey [Young Poetry of Monterrey] (1997) and Nacional de Ensayo Juridico [National Contest of Juridical Essay], (2000). Author of several juridical publications and two books of poems: Si las horas llegaran para quedarse [If the hours would come to stay], 1995; and Cómo usar los ojos [How to use the eyes], 2010. Her poetry has been collected in more than a dozen anthologies in Mexico and in many magazines. She is also a regular Op-Ed contributor of the Monterrey leading newspaper El Norte.
You can read more of the poet's work here:
http://circulodepoesia.com/nueva/2011/05/foja-de-poesia-no-292-margarita-rios-farjat/
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